Un libro para
Feliz cumpleaños, Adasat ✦
La obra que vas a leer a continuación es bastante peculiar. Cualquier NPC diría que se trata de un libro ilustrado, pero nada más lejos de la realidad. Todas las historias que vas a leer a continuación son reales y van acompañadas de una fotografía que lo demuestra.
Como en la vida misma, la persona que hace la foto no siempre es la misma que vive los acontecimientos. A veces la imagen se captura primero y se crea un mito alrededor de ella. Otras veces se relata la historia y alguien la ilustra fielmente a posteriori. Tu misión es descubrir quién escribió cada relato, quién hizo cada ilustración y lo más importante; en qué orden.
Feliz cumpleaños Adasat. Que comiencen las grandilocuentes aventuras.
Nos alejamos un poco de la costa para llegar a una zona de mayor profundidad, el agua pasó de un azul turquesa a un tono más oscuro e intenso, ya la luz no brillaba en las distintas ondas que formaba el mar, solo se apreciaba una extensión azul.
La brisa marina se notaba, opacaba el calor de verano de los primeros días de agosto.
El pequeño velero paró y automáticamente supe que era la hora de la expedición, nos equipamos y nos dejamos caer, ante la nada, ante la inmensidad del azul oscuro.
Ya no se escuchaba la música de la playa, ni niños gritar, ni guiris. Solo mi respiración, profunda y monótona. Comenzamos a descender, expectantes.
El agua estaba fría pero a la vez cálida, te envolvía meciéndote en sus brazos etéreos y tú solo podías dejarte llevar.
Tras bucear ya un rato apareció un banco de peces plateados, los rayos de sol reflejaban tímidamente sus escamas, parecían vestidos de diamantes. Me quedé un buen rato mirándolos, pensando si en algún momento de mi vida tendría el suficiente sueldo como para vestir como ellos. Sin darme cuenta, mis compañeros comenzaron a alejarse, y cuando finalmente supe que nunca podría tener un traje de diamantes, los peces y mis compañeros ya se habían ido, yo estaba sola, con el azul, con mi respiración.
Lo que comenzó como un sueño mágico y cálido se tornó en una pesadilla de tonos fríos, giré sobre mí misma, buscando a mis compañeros, solo veía la infinidad del océano. Acto seguido subí, poco a poco, hasta la superficie, el velero no estaba, ¿tanto me había alejado? Volví a sumergirme e intenté volver por donde había ido en un inicio, debía encontrar el velero o a mis compañeros.
Pasaron varias horas hasta que la ansiedad y el ejercicio físico comenzaron a hacer mella en mi cuerpo, me sentía cansada y vulnerable, no podía continuar así que paré, suspendida en las profundidades y cerré los ojos. Pensé en la muerte y que tampoco estaría tan mal morirse en el mar, arropada. Me dormí.
Me desperté sobresaltada, sudando y temblando, estaba en mi cama, con Greg al lado. Escuché su voz diciendo:
— Te dije que el piti te podía sentar mal
La primera cosa que recuerdo de ese día fue despertar en mi humilde morada. Vivía en una especie de cuadrado, sujeto por un trípode de madera frente a un arbusto con bolas de Navidad. Yo era un simple camaleón antropomórfico con abdomen de Teletubbie que habitaba el conocido por todos Bosque Artístico. Sin embargo, el movimiento de los árboles ese día parecía algo distinto, como si el viento que se colaba entre sus ramas quisiera advertirme entre susurros del problema que acontecería.
No tengo palabras para explicar cómo pasó, pero en un pestañeo el bosque comenzó a sacudirse frente a un gran agujero negro que emergió de la nada, en forma de hoja, y el temible Brujo Bruno se manifestó en su escoba mágica, armado con su aterradora espada y más aterradora aún varita con forma de estrella de mar. Parecía una batalla perdida, pero por suerte el increíble Hada de nombre redundante pero sin H apareció para salvar el día con su magia.
Era una victoria segura, pero yo no podía permitirme ser el cobarde en esta historia. Las rosas con pinceles que con tanto cariño cultivé y los pájaros con forma de trofeo que convivían en armonía con la naturaleza merecían admirar a un héroe, no a un parguela. Fue entonces cuando saqué mi pistola y apunté más o menos hacia donde me guió el instinto, luego de armarme de valor con un mantra de guerra legendario de mis antepasados que recité en un idioma indescifrable.
Te preguntarás cómo concluyó esta trepidante historia, y yo también me lo pregunto. Lo cierto es que, muy para el pesar del universo, este hecho jamás será escrito en las crónicas futuras de la historia, y su final quedará para siempre perdido entre los crueles hilos del subconsciente, porque fue entonces cuando desperté con sobresalto en mi nido de madera, cubierto de sudor y con una fuerte conmoción en el pecho por la adrenalina. Me asomé a la ventana y admiré el bosque que recién amanecía, tranquilo y en calma, con el primer trinar de los pájaros aún refugiados en sus ramas. La primera cosa que recordé, entonces, fue correr directo hacia mi diario y escribir esta entrada para jamás olvidar el sueño tan guapo que tuve.
Un día Ada, por mera casualidad, estaba en La Gomera oliendo un par de flores cuando de repente se dio cuenta de que tenía que acabar la escena que estaba haciendo para su corto animado. A pesar de haber trabajado innumerables horas todavía seguía quedando mucho trabajo por hacer, ya que su afán de perfeccionismo le hacía usar todo el tiempo a su disposición en el corto.
Con miedo de no poder acabarlo a tiempo, Ada corrió rápidamente hacia su ordenador, con la mala suerte de tropezarse con una rama en el suelo y luego resbalarse con una cáscara de plátano y luego resbalarse otra vez en un monopatín que estaba en el suelo que le llevó sin ella desearlo hasta un skate park, donde por accidente hizo un Heel flip 720 y su monopatín se resbaló con otra cáscara de plátano y luego acabó encima de otro monopatín que le llevó a acabar cayéndose por un risco.
Por suerte el risco no era muy alto y acabó nadando en el mar. Al principio se sintió muy agobiAda por no poder acabar el corto y por el peligro que podía suponer estar sola en el mar. Poco a poco se fue dando cuenta de que no corría peligro, porque no había lejos una playa y el mar estaba muy calmado. Cuando consiguió nadar hasta la playa se tumbó y se permitió relajarse un momento y allí, en la playa, con el sol calentando su cara, pensó que a lo mejor no era necesario trabajar en el corto ese día.
— ¡YO ANTES NO ERA ASÍ! ¡ME HABÉIS CONVERTIDO EN UN MONSTRUO!
— Jefa, su ritmo cardíaco está aumentando peligrosamente. No sé si las cadenas podrán retenerla durante mucho más tiempo.
— Pues clavádle otro lápiz maldito, tarde o temprano sucumbirá.
— A sus órdenes. Torre de control, autorice el disparo del siguiente lápiz maldito, evite la columna vertebral por favor…
Ada era una chica normal, como cualquier otra chica. Tenía sus aficiones de chica normal, iba a su trabajo normal y se divertía haciendo cosas normales como el resto de gente normal. Le gustaba mucho dibujar. Tanto que se dedicaba profesionalmente a ello. Encontraba la paz en el agradable tacto de un lápiz, ya fuera digital o de madera. Las horas se le antojaban segundos cuando plasmaba en un folio blanco lo que su imaginación (o su empresa) le requería. Se graduó con la mejor nota de su promoción y su gran talento la hacía un activo imprescindible para su empresa: MagnificArt.
Un día normal, como cualquier otro, recibió un correo de la directora de recursos humanos de la empresa: «Beca para el curso de verano Arte Magnifique». Cuando leyó el cuerpo del correo, no lo podía creer. Había sido invitAda a un curso de verano organizado por su empresa, ¡y con todos los gastos pagados! Según decía el correo, el curso solo se les ofrecía a los mayores talentos de la empresa para potenciar sus cualidades y llevar su dibujo al siguiente nivel. De hecho, hacía ya muchos años que no organizaban una edición del curso, porque no consideraban tener ningún candidato digno. Ada no cabía en sí de gozo, este era el primer paso para poder alcanzar su sueño: participar en la animación de una película de Disney.
Sin pensárselo dos veces, Ada respondió el correo agradeciendo la oportunidad y confirmando su asistencia al curso. En tan solo 3 meses la recogerían en el aeropuerto para poner rumbo ni más ni menos que a Francia, donde se encontraba la sede de su empresa y se llevaría a cabo el curso. ¿Habría más gente en esta edición además de ella? ¿Qué clase de técnicas aprendería? Tenía tantas preguntas…
— Bueno, concéntrate, Adita. —Se dijo mientras se golpeaba los cachetes a sí misma.
— No es momento de fantasear, si me han seleccionado para este curso es porque confían en mis habilidades, y no puedo defraudarles. Voy a darlo todo estos tres meses.
Y de esta forma comenzaron a pasar los días. Ada se veía cada vez más motivada, y su sinergia con el dibujo mejoró más si cabe. Las ideas fluían como el torrente de un río, todas sus propuestas eran aceptadas y aplaudidas por los ejecutivos de la empresa, y sus dibujos eran de una calidad infinitamente superior a la que ella misma creía posible. Su compenetración con el lápiz era casi… mágica.
— Tan solo una semana, ¡solo queda una semana para el gran día!
Ada seguía sin asimilarlo, estos últimos tres meses se le habían antojado como tres días, tres días en los que no soltaba el lápiz, en los que no recordaba qué había comido, si había quedado con sus amigos, o si había sido el cumpleaños de algún familiar. Solo estaban ella, el lápiz y un lienzo en blanco. Un lienzo que debía ser rellenado, que esperaba un firme trazo y un suave coloreo. Un lienzo que no era más que un diamante en bruto, esperando a que su lapidaria lo tallara con la más absoluta gentileza.
Y finalmente llegó. Ada pasó temblando por el control de seguridad, agarrando firmemente un lápiz de madera que llevaba en su bolsillo, pues su mano no conocía la tranquilidad si no estaba en contacto con uno. Avanzó por los pasillos del aeropuerto hasta llegar a la puerta designada, y partió rumbo a París. El viaje no fue más que otra excusa para practicar, como era la norma para Ada hacía ya tiempo. La norma de una chica que quizás ya no se veía tan normal…
Bajó del avión con su Tablet en la mochila y sin más equipaje, como bien indicaba su invitación. En cuanto pasó la puerta de salida del aeropuerto lo vio: «Adasat Hernández León». Un cartel con su nombre agarrado por una mujer vestida con un largo traje morado y un llamativo sombrero acabado en una pluma. En cuanto la mujer cruzó las miradas con Ada, se giró y comenzó a andar hacia la salida sin vacilar. Ada, nerviosa, la siguió hasta la puerta para no perderla de vista.
Cuando se quiso dar cuenta, Ada había entrado en un estiloso coche de color negro y con los asientos recubiertos en cuero marrón. El coche estaba conducido por un esbelto caballero en traje, y copilotado por la misteriosa mujer, cuyas únicas palabras en todo el viaje fueron: «Esperamos que estés preparada para tu nueva vida». Ada, cegada por la emoción y la idealización que había construido en los últimos tres meses, no vio el peligro en las palabras de la mujer, y simplemente aguardó sentada en el asiento de atrás del coche hasta que llegaran a su destino.
Después de una hora de camino, el coche paró frente a una gran edificación un poco alejada de la ciudad. Ambas puertas delanteras se abrieron, para posteriormente abrirse la trasera. Sin embargo, lo que encontró Ada al otro lado de la puerta era lo último que podía haber imaginado: la punta de un rifle de dardos tranquilizantes apuntando directamente a su cuello. Ada apretó el lápiz que tenía en su mano inconscientemente.
— ¿Qué es está pas… —Intentó preguntar Ada sin éxito.
Había caído inconsciente en cuestión de segundos. Cuando despertó, algo todavía más surrealista estaba ocurriendo. Escuchaba muy cerca la respiración de alguna clase de bestia.
¿Un león? Pensó Ada. ¿Qué está pasando aquí? Todavía no recuperaba la visión, sus sentidos estaban entumecidos, y lo único que escuchaba eran voces a lo lejos, y la incesante respiración agitada de esa bestia. De hecho, ese sonido era el único nítido de entre todos.
Poco a poco, comenzó a sentir sus extremidades, intentó mover las manos, más no pudo. Al intentar hacerlo, sonaba el atroz ruido de los eslabones de una cadena chocando entre ellos. Sus piernas también estaban sujetas a alguna clase de estructura metálica. Entrecerró los ojos y pudo vislumbrar algo. Era ella, la mujer del vestido morado. La miraba con condescendencia a la vez que con curiosidad. Ada intentaba hablar, pero no podía articular palabra. Sentía un dolor indescriptible en la espalda y un agudo ardor en la cabeza.
Con el tiempo, sus sentidos volvían en sí y podía oír a más gente a su alrededor. Sus ojos comenzaban a acostumbrarse a la intensa luz y empezó a mirar a su derecha e izquierda con la esperanza de ver a la bestia que la acechaba. Sin embargo, no era capaz de verla, mas sus incesantes rugidos no se habían detenido en ningún momento. Y fue en ese preciso instante que Ada fue consciente de la realidad que estaba viviendo. Esos gemidos no pertenecían a ninguna bestia ni a ningún león. Se correspondían con su respiración. Incrédula, miró hacia abajo solo para darse cuenta de que la bestia era ella. Sus brazos estaban atados a dos cadenas y habían crecido en tamaño y fuerza. Volvió a mirar hacia la mujer y le gritó.
— ¿Qué me habéis hecho? ¿Por qué?
Esta solo agitó la cabeza y le respondió:
— Estamos mejorándote, no creo que lo llegues a entender.
En ese momento, la mujer se giró hacia un hombre uniformado y asintió. Instantes después sintió como una estaca se clavaba en su espalda y un profundo ardor recorría todo su cuerpo. Airada, Ada intentaba liberarse de las cadenas que la apresaban. Apretaba sus manos con todas sus fuerzas con la esperanza de sentir la paz que le transmitía un lápiz, pero no era el caso.
— ¡YO ANTES NO ERA ASÍ! ¡ME HABÉIS CONVERTIDO EN UN MONSTRUO!
— Jefa, su ritmo cardíaco está aumentando peligrosamente. No sé si las cadenas podrán retenerla durante mucho más tiempo.
— Pues clavádle otro lápiz maldito, tarde o temprano sucumbirá.
— A sus órdenes. Torre de control, autorice el disparo del siguiente lápiz maldito, evite la columna vertebral por favor…
Poco a poco, Ada sentía como su energía se drenaba. ¿Era este el fin? ¿Qué querían hacer con ella? Infinitos pensamientos pasaban por su cabeza. ¿Por qué a ella? No era más que una chica normal que amaba dibujar. Es más, dibujar era su pasión, incluso su obsesión…
Espera, quizás no era una chica tan normal. Quizás era la mejor artista que había nacido en el mundo, quizás todo esto no es más que otro paso. Otro paso para ser la mejor, para ser una con el lápiz, para dejar su huella para siempre en el mundo. Quizás… ¿es así como nacen los grandes artistas?
Desperté por el agudo chillido del orangután muy cerca de mi oído. Me cuesta enfocar la vista y siento una fuerte punzada en el lado izquierdo de la cabeza, un dolor que cada vez siento más intenso, como si mi cerebro intentase salirse de mi cráneo. Trato de incorporarme, pero el cuerpo no me responde, no sé si estoy paralizada por el miedo, o si me habré roto algún hueso en la caída, pero por muy rápido que vaya mi cabeza, mi cuerpo sigue inmóvil.
Me activo de golpe cuando algo tira de mi pierna arrastrándome hacia el interior de la selva. A quién quiero engañar, por mucho que luche, no puedo ser más fuerte que un orangután, no tengo nada que hacer. Me retuerzo sobre mí misma con la esperanza de conseguir zafarme, pero cada vez trago más y más tierra y siento como las piedras y raíces del suelo van abriendo heridas por mi piel. No sé cómo pude cometer un error tan obvio.
Llevo meses como nueva jefa de investigación del equipo federal de protección pública, vamos detrás de un grupo de orangutanes salvajes del amazonas peruano, porque están demostrando un avance intelectual demasiado veloz. Podríais pensar que esto es positivo, pero en el siglo en el que vivimos, la evolución ya no la controla la naturaleza. El ser humano se ha apoderado de eso también, queremos apoderarnos de todo. Supone una clara amenaza compartir puesto como especie dominante con otro animal, y desde hace siglos nos dedicamos a evitar que eso ocurra. Jugamos a ser dios.
El primer paso es observar. Hay varias cosas de este grupo en concreto que se nos estaba haciendo sospechoso, no era normal una evolución tan drástica, tiene que haber algo más. Al principio pensamos en una manipulación química por parte de países enemigos con el objetivo de utilizarlos como arma de guerra. De ahí que yo me encontrase un jueves laboral en la cima de una Lupuna, el árbol más alto del amazonas peruano. Me confié de más, ya había hecho este procedimiento decenas de veces, ví una hoja con forma de culo, pero uno muy redondo. Pensé que sería el souvenir perfecto para Carlos. Siempre trato de llevar un detalle a mis amigos de las misiones que hago, paso mucho tiempo fuera de casa y me acuerdo todo el tiempo de ellos. Me estiré para cogerla cuándo pasó un pájaro gamusino, se chocó contra mí y ambos caímos al suelo en picado.
Cuando el orangután para por fin, me incorporo dispuesta a mirar a la cara al animal que causaría mi muerte. Tiene los ojos inyectados en sangre, me mira fijamente mientras muestra sus afilados dientes entre los cuales se cuela toda la saliva que me está cayendo encima. Se muere por comerme y parece que está disfrutando de verme aterrorizada.
En este momento no puedo evitar pensar en todo lo que dejo atrás. Dani tuvo razón, yo sería la primera en morir, y odio tener que darle la razón a Dani, aunque pensando que probablemente será la última vez que tenga que hacerlo, ya la muerte me parece más atractiva. Carlos, Inés, Gregorio, Belinda, Virensito y sobre todo Lucía, los voy a echar mucho de menos a todos.
El orangután finalmente se abalanza sobre mí, me coge entre sus fuertes brazos (tiene buenos bíceps la verdad), pero en vez de comerme me da la vuelta. Ahora creo firmemente que estoy delirando por el golpe que me he dado antes. Estoy en la cima de una colina, y frente a mis ojos, en el valle, se encuentran unos 300 orangutanes más. O bueno, creo que me encantaría decir que lo que estoy viendo son orangutanes, pero no es así. Son hombres orangután, son furros. Muchísimos de ellos, y todos me están alabando a la vez, como si yo fuera su reina.
Ahora todo tiene sentido, la evolución en el intelecto de la especie nunca fue en un grupo de simios, siempre fueron furros. Una secta de furros y un único orangután real. El que me trajo hasta aquí.
Que arrogante he sido. Siempre pensando que estoy un paso por delante. Nunca les observé a ellos, ellos me observaban a mí, me tenían vigilada para volverme una de ellos. O peor, la mejor de ellos. La reina furra, la orangután jefa. MAMÁ MONO.
El reloj marca las siete en punto de la mañana y me cuesta despertarme. Estoy muy a gusto en mi grieta, pero uno debe trabajar para ganarse el pan. Me tomo el café de siempre en la cafetería de Conchita mientras contesto al correo. Me esperan ocho horas de trabajo para acabar cobrando una miseria mientras mi jefe se compra su quinta casa cerca de la superficie. Reflexiono sobre el poder que tienen los peces gordos y cómo hemos llegado a este punto. Parece que va a ser un día más en Palancar.
Salgo de trabajar y necesito un buen descanso. Me escondo en una grieta y espero pacientemente a que se acerque algún despistado para merendármelo. Sigo nadando por una corriente hasta que me llama la atención un pequeño banco. El grupo está escuchando atentamente a un pez que conozco desde mi infancia: Jesús.
Jesús es un pez que siempre me ha parecido fascinante. Desprende una paz inmensa y flota con un aura celestial. En el colegio hablaba con seguridad y nunca se peleaba con nadie. Recuerdo pensar que sería un gran jefe en el futuro.
Por mera curiosidad, decido unirme al banco. Jesús explica la importancia de amarnos los unos a los otros y dar gracias por las cosas que tenemos. Suena un poco perroflauta, pero a la gente parece convencerle. El océano no es tan cínico como yo pensaba.
Al día siguiente, cumplo con mi rutina: café, trabajo, merienda. Pero me intriga saber más de Jesús. Vuelvo a pasarme por la explanada de arena y observo que el banco de ayer ha duplicado su tamaño. Están mirando hacia arriba. Jesús nada hasta la superficie y flota.
No coge carrerilla, no hay nadie ayudándole ni plataformas invisibles. Simplemente es un pez fuera del agua. Esto tiene que ser un sueño. Ningún pez antes había conseguido aguantar tanto tiempo en el aire con vida. Sus branquias no pueden aguantar mucho más. Sin embargo, al cabo de unos minutos desciende al agua como si nada.
Este suceso causa un gran revuelo. En los corales se extiende el rumor de Jesús el Salvador. Hay quien dice que es el mismísimo Dios encarnado en pez. Yo creo que es una exageración, pero es indudable que tiene algo cautivador. Los siguientes días sigue realizando milagros: multiplicar el plancton (se le sugirió multiplicar los peces, pero no coincidía con sus ideales de amar al prójimo y desencadenaría en un dilema sobre la clonación), curar a los enfermos (acelerar la curación en aquellos que tienen habilidades regenerativas) o convertir algunos ríos en vino (¡sí que beben los peces en el río!).
Naturalmente, los peces gordos se sienten amenazados. El monopolio de Industrias Arrecife (I.A.) se ve en peligro por un pez que alimenta y sana al océano sin pedir una sola concha a cambio. Los medios de comunicación (subvencionados por I.A.) reportan noticias alegando que Jesús es un blasfemo, mentiroso, anarquista, comunista… Es por ello que deciden crucificarlo en el mástil del barco hundido de Teseo, el cual habían renovado recientemente.
Finalmente, llega el domingo y puedo descansar. Floto pacíficamente en mi grieta. De repente, un haz de luz se cuela entre las paredes. ¡Es Jesús! Es imposible, todo el mundo vio cómo le crucificaban. Sigo soñando, parece ser que Jesús me impactó más de lo que me esperaba. Salgo de la grieta y veo a mis vecinos. Todos miran fijamente la figura luminosa. Me doy un aletazo. No estoy soñando, realmente Jesús ha resucitado.
He perdido la noción del tiempo. TumbAda en el agua, mi mente se centra solo en el vaivén de las olas. Mi familia me llama a comer y con un gesto cansado me dirijo hacia la orilla. Una vez en la arena, carrera hacia la sombrilla, pues la arena me achicharra los pies. Reunidos alrededor de la nevera, apretados bajo la sombrilla, compartimos el almuerzo preparado. Los sabores se mezclan con la sal del mar.
Después de comer, todo el mundo se echa a dormir la siesta tostándose al sol. Como aún no puedo entrar en el agua decido ir a explorar unas rocas que hay cerca. En ellas encuentro un hueco que, al entrar, da a una pequeña gruta. Me invade la emoción y la curiosidad ¿sería la primera en descubrir este sitio? Entro un poco más y veo un pequeño pozo formado por las rocas. Me asomo en él y, sin darme cuenta, me veo a mi misma asomada al pozo, una imagen cada vez más pequeña pues me voy hundiendo en el agua. Mi reflejo de la superficie deja de asomarse al pozo y vuelve a la playa. Intento subir pero el agua no me deja, se siente como el aire y no me sostiene. Me rindo y me dejo caer, pero no siento miedo pues no me falta el aire. Al fondo veo claridad, parece una salida por donde se cuelan los rayos de sol. Salgo del agua y me encuentro de nuevo en la gruta. Al asomarme de nuevo al pozo, solo veo el agua oscura y negra, no hay rastro de mi reflejo.
Vuelvo a la playa junto con mi familia, parece que el tiempo no ha pasado pues siguen echándose la siesta. ¿Cuánto tiempo habrá pasado? Me pongo a jugar con la arena. ¿Será pronto hora de merendar? Entro en el mar. La vida pasa pero el tiempo no parece moverse, el sol no cae ni las sombras se alargan. Pero tampoco me importa mucho, no estoy cansada, siento como si también se hubiera parado el tiempo para mi. Jugando en el agua, las olas me arrastran sin darme cuenta. Mi madre me llama preocupada. Decido salir y volver corriendo por la arena pues es más rápido. En la carrera me veo medio tumbada en la arena tomando el sol, creo que soy yo pero más mayor, rodeada de gente que no conozco. Se incorpora al escuchar la voz de mi madre y luego me miro.
Escucho que alguien grita mi nombre, me incorporo y veo a una mujer haciendo gestos con la mano, como si dijese «ven, ven». En ese instante, pasa una niña corriendo, me recuerda a cuando era pequeña. Cuando quiero fijarme en ella la pierdo de vista. Mientras hundo los pies en la arena oscura para que no me quemen, me viene un recuerdo a la mente: fui a la playa con mi familia, estaba dentro del agua y había perdido la noción del tiempo. Tumbada en el agua, mi mente se centraba solo en el vaivén de las olas…
Martes 23 de Marzo, Islas de Tekeriku.
Hacía calor, muchísimo calor.
—El barco se va a las dos.
—dijo el abuelo sin levantar la vista de su taza de té.
Era un respetado lobo de mar pero sus años sobre las olas ya habían llegado a su fin, su barco, El Emperador había sido convertido en la única forma de poder moverse entre las diferentes islas que separan el archipiélago de las islas Niponarias.
Ada miró otra vez el dibujo arrugado que llevaba guardado en el bolsillo desde hacía semanas. En él aparecía una vaca con un kimono rosa bajo una nube con forma de huevo frito.
A un lado había un torii rojo y, al otro, una torre blanca extrañísima con una cara en el pecho, que estaba segura que solo había visto cuando era pequeña en alguna parte…O quizá solo eran delirios suyos.
O eso pensaba.
Lunes 22 de Marzo, Islas de Tekeriku
Un día Ada se despertó entre sudores de un sueño y lo único que salió de sus labios fue: «La vaca de la lluvia»
Sin perder un segundo volvió a mirar en los bolsillos de sus pantalones y ahí estaba, el dibujo otra vez.
Fue corriendo a la biblioteca, buscó en cada página, cada pergamino y cada rincón por información, pero no tenía nada, solo ese dibujo que siempre había llevado consigo, daba igual cuantas veces lo tirase, quemase o lanzase al mar, siempre aparecía de vuelta en su bolsillo.
No se lo había contado a nadie para no quedar como una loca más.
Harta, finalmente se lo confesó a su abuelo a lo que él le dijo:
La vaca de lluvia…Es una leyenda muy antigua. Dicen que quien la encuentre podrá pedir una sola cosa al cielo.
Ada nunca había creído demasiado en leyendas, pero aquel verano todo había cambiado. Los arrozales del pueblo estaban secos, el barranco apenas llevaba agua y las cosechas se estaban perdiendo.
La gente empezaba a marcharse a otras ciudades.
Sentía que todo eso lo había visto antes en alguna parte, pero tampoco era capaz de encontrar ese recuerdo.
Por eso, cuando su abuelo le dijo que no estaba loca, que era una antigua leyenda del pueblo no dudó un solo segundo.
Martes 23 de Marzo, isla de Tekeriku
Y ahora estaba allí, en el puerto, con una mochila medio vacía y un billete de barco que apenas podía pagar.
—¿Seguro que quieres ir? —preguntó su abuelo—. Puede que solo sea un cuento… Además, ese barco sin mí de capitán no sé si llegará a buen puerto.
Ada sonrió nerviosa.
—Si no hago nada, no pasará nAda.
— Y la inacción es una acción en sí misma…
—Eso es… Pues eso, volveré pronto ¿Si?
—El barco se va a las dos.
—dijo el abuelo sin levantar la vista de su taza de té.
El barco salió exactamente a las dos.
El mar estaba tranquilo y el cielo parecía demasiado azul, como si supiera algo que los demás ignoraban.
Durante horas el desconocido capitán y Ada navegaron entre pequeñas islas hasta llegar a una que no aparecía en ningún mapa.
Miércoles 24 de Marzo, Isla desconocida
La isla era silenciosa…
No había coches, ni tiendas, ni personas. Solo caminos de tierra, campos verdes y una extraña torre blanca que sobresalía en el horizonte.
Ada sintió un escalofrío, y cuando se dió la vuelta, el barco ya no estaba ahí…
Era exactamente igual que en el dibujo.
Pero cuando lo miró de nuevo, la torre ya no estaba.
Caminó siguiendo el sendero hasta llegar al gran torii rojo.
Le daba ciertos recuerdos a otro sueño en el que tuvo que caminar bajo cientos de miles de toriis rojos.
Pero este era diferente, no se veía imponente, parecía más antiguo que las estrellas del cielo, la madera estaba vieja y cubierta de musgo.
Al cruzarlo, el viento empezó a soplar con fuerza. Las hierbas se movían como olas y el cielo se oscureció un poco.
Miró el dibujo y el torii no estaba, entonces supo que iba por buen camino, andó durante más tiempo del que había caminado jamás, pero aún así, sentía que acababa de empezar a andar no tenía sueño o hambre, solo…seguía andando, daba igual cuantas horas pasasen.
Domingo 28 de Marzo, Isla desconocida
Ada no había parado de caminar durante días, aunque eso era algo que ella jamás reconocería…Hasta que entonces…
Entonces la vio.
Una vaca blanca y negra estaba en medio del campo, llevando un kimono rosa lleno de flores. Parecía completamente tranquila, como si la estuviera esperando.
Sobre ella flotaba aquella nube imposible, redonda y blanca, con un centro amarillo brillante igual que la yema de un huevo frito.
De la nube caía una lluvia fina que solo mojaba a la vaca.
Ada no sabía si reír o salir corriendo.
—Así que eres real… —murmuró con un hilillo de voz
La vaca levantó lentamente la cabeza y la miró fijamente.
Luego se dió la vuelta y comenzó a caminar.
Ada la siguió.
Pasaron junto a estanques, caminos embarrados y árboles inclinados por el viento hasta llegar a la base de la torre blanca.
Caminando con la vaca, no había pasado ni una hora desde que empezó andar, parecía que el tiempo y el espacio solo eran formalidades para la rumiante del Kimono rosa.
Una vez llegaron a la base de la torre, de pronto, la lluvia se detuvo.
La nube descendió lentamente hasta quedar justo encima de Ada.
Y pudo sentir el agua fría caer sobre su cabeza.
Y entonces escuchó una voz.
No venía de ningún sitio concreto.
—¿Qué deseas?
Ada tragó saliva. Había imaginado aquel momento muchas veces. Dinero. Aventuras. Viajar por el mundo. Cualquier cosa.
Pero recordó los arrozales secos.
Recordó a su abuelo mirando las cuentas de la cosecha.
Recordó a la gente marchándose.
—Quiero lluvia para mi pueblo —dijo finalmente.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Luego la vaca soltó un mugido profundo que resonó por toda la isla.
La torre comenzó a iluminarse con líneas rojas y la nube subió rápidamente hacia el cielo hasta desaparecer entre las nubes reales.
El viento se hizo más fuerte.
Y empezó a llover.
Primero unas pocas gotas. Después, una tormenta enorme.
Ada regresó al puerto corriendo y el barco estaba ahí esta vez, no preguntó nada, era como si la estuvieran esperando, lo tomó de vuelta sin cuestionar nada.
Cuando llegó a casa ya era de noche, pero algo había cambiado.
Lunes 29 de Marzo, isla de Tekeriku
El sonido de la lluvia llenaba todo el pueblo.
Los canales y barrancos volvían a correr.
Los campos brillaban mojados bajo las luces y la gente sonreía en mitad de la calle.
El abuelo abrió la puerta lentamente.
—Entonces… ¿era verdad?
Ada sacó el dibujo arrugado de su bolsillo.
Pero ahora había cambiado.
La vaca seguía allí, aunque la nube había desaparecido.
Debajo a los pies del dibujo había una pequeña frase.
«El barco volverá a salir a las dos.»